Colonialidad y emancipaciones en las calles de Mérida, México

A diferencia de otras ciudades fundadas por el imperio español en territorios previamente ocupados por pueblos indígenas, la ciudad de Mérida, Yucatán despliega con un orgullo inusual su herencia colonial y el racismo que esto conlleva.

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Foto: Noé Manuel Mendoza Fuente

En la historiografía oficialista mexicana del siglo XX fue un lugar común ilustrar al periodo colonial como una época oscura, de larga duración y penosamente situada entre el majestuoso resplandor de las civilizaciones mesoamericanas y la consolidación del Estado moderno mexicano. Muy a contracorriente de esta visión - obra de intelectuales del norte y centro de México - para la élite de la Península de Yucatán la herencia colonial emanaba dignidad y prestigio.

Aún en el siglo XXI las calles de Mérida son una potente caja de resonancia para el antiguo brío colonial.

Construida sobre la antigua ciudad Maya T’hó, Mérida se fundó el 6 de enero de 1542, veintiún años después de la caída de México-Tenochtitlán. Hoy en día es una conglomeración urbana de casi un millón de habitantes y una de las metrópolis mexicanas de más rápido crecimiento demográfico.

La ciudad blanca

En otras partes de México a Mérida se le identifica como la ciudad blanca, un término usado como eslogan turístico cuyo origen se remonta a los primeros siglos de dominio español cuando un rasgo fenotípico característico de su población era la piel blanca y vínculos genealógicos europeos. La composición demográfica de la pequeña Mérida colonial contrastaba radicalmente con la densa y extendida población rural e indígena que la rodeaba.

El militar español Francisco de Montejo lideró la campaña de conquista de la península yucateca y la fundación de la ciudad de Mérida. Su apellido se ha consolidado como una denominación identitaria de los meridanos y es usada con profusión para nombrar espacios públicos y marcas comerciales. El ejemplo emblemático lo constituye el Paseo de Montejo: una avenida que vertebra la ciudad desde su centro hacia el norte mediante una amplia avenida de tintes parisino-tropicales. Sin embargo, la versatilidad del apellido Montejo se extiende a otros espacios públicos, restaurantes, hoteles y bienes de consumo.

Usos múltiples de “Montejo". Foto: Noé Manuel Mendoza Fuente
Monumento dedicado a los Montejo. Foto: Noé Manuel Mendoza Fuente

La guerra y las mansiones

Uno de los episodios más dramáticos experimentados por la ciudad tuvo lugar entre 1847-48 cuando la sublevación de los habitantes del pequeño poblado indígena de Tepich, ubicado aprox. a 160 kilómetros de la ciudad de Mérida, encendieron la mecha de una sangrienta rebelión cuya flama bélica se mantendría encendida por más de 50 años.

La llamada Guerra de Castas representó el rechazo de la sociedad maya yucateca por incorporarse a la modernidad bajo la condición de aceptar con resignación el despojo de sus tierras en favor de la élite yucateca y la superexplotación de su fuerza de trabajo como mano de obra barata.

Tras 10 meses de la embestida inicial en Tepich, los rebeldes mayas tenían bajo su poder a las principales poblaciones de la Península. La élite meridana se vio abandonada por un gobierno mexicano ofuscado ante la invasión norteamericana [1]. En una medida pragmática y desesperada el gobierno de Yucatán ofreció su anexión a los EEUU a cambio de ayuda militar norteamericana. Yucatán se mantuvo como un Estado mexicano porque el congreso norteamericano rechazó el proyecto. La ciudad blanca sorteó el exterminio gracias a un convenio celebrado entre el gobernador yucateco y una facción de los rebeldes Mayas en combinación con la llegada de la temporada de lluvias que diluyó las filas de los campesinos combatientes quienes se retiraron del campo de batalla para regresar a sus comunidades y atender sus Milpas. El enfrentamiento se prolongó hasta 1901 y tan solo el crudo y centralizado poder del dictador Porfirio Díaz le permitió al gobierno mexicano cantar victoria y decretar el fin del conflicto tras una amplia campaña de exterminio dirigida a poblaciones indígenas del norte y sur de México.

Mural “La Guerra de Castas (1847-1901)” en el Palacio de Gobierno de Mérida. Foto: Noé Manuel Mendoza Fuente

En la Mérida actual, la memoria de la Guerra de Castas se mantiene confinada tras los solemnes muros y techos de algunos museos. En cambio, la ciudad optó por consagrar como objeto de interés turístico al despliegue de riqueza acumulada por la élite meridana durante el tardío siglo XIX y primeras décadas del XX.

Las viejas mansiones originalmente pertenecieron a las familias más beneficiadas por la economía de exportación. Foto: Noé Manuel Mendoza Fuente

Las majestuosas mansiones que delimitan al Paseo Montejo simbolizan la bonanza económica resultado del apogeo de las exportaciones de la fibra de sisal, producida ampliamente en unidades agroindustriales conocidas como Haciendas, las cuales ejercían control sobre cientos o hasta miles de hectáreas de selva baja transformadas en plantaciones de henequén y operadas por mano de obra mayoritariamente indígena. Las condiciones infrahumanas de trabajo y la gran escala territorial requerida por el modo de producción de la Hacienda dislocaron de raíz la economía, la sociedad y los ecosistemas de la Península de Yucatán.

En un período menor a 50 años, Yucatán pasó de ocupar los últimos lugares en generación de divisas a nivel nacional a ocupar los primeros sitios a principios del XX. Hoy, las viejas casonas albergan bancos, salones de fiestas y un museo público.

Muchas de las viejas mansiones hoy funcionan como bancos. Foto: Noé Manuel Mendoza Fuente

El primer gobernador socialista latinoamericano

Otro momento crucial en la historia de la Península fue la breve administración del gobernador Felipe Carrillo Puerto, postulado por el Partido Socialista del Sureste y electo en 1922, convirtiéndose en el primer gobernador socialista de América Latina. Entre sus decisiones de política pública más destacadas se encuentra la fundación de la primera universidad pública de Yucatán, la reducción de los privilegios fiscales que gozaban las exportaciones de materias primas – incluido el sisal – y el primer intento por implementar la reforma agraria consagrada en la Constitución mexicana de 1917.

Edificio principal de la Universidad de Yucatán fundada por Carrillo Puerto (ahora Universidad Autónoma de Yucatán). Foto: Noé Manuel Mendoza Fuente

A nivel nacional la puesta en marcha de la reforma agraria inició hasta la llegada de Lázaro Cárdenas a la Presidencia de México en 1934. La determinación pionera de Carrillo Puerto por atemperar los privilegios de la élite yucateca y transformar el régimen de propiedad de la tierra en favor del campesinado indígena tuvo un altísimo precio: el gobernador fue depuesto por un golpe militar y fusilado el 3 de enero de 1924. En la actualidad las representaciones y alusiones a Carrillo Puerto se ubican sutilmente recluidas en espacios de disminuida proyección pública.

Mural de Carrillo Puerto y Cárdenas en el Palacio de Gobierno de Mérida. Foto: Noé Manuel Mendoza Fuente

Símbolos elitistas y sabores indígenas

La élite yucateca tiene una categoría distintiva de fácil amalgamiento con la idea de una guerra entre castas. Ellos son la casta divina. Es notable que a pesar del racismo y la cínica estratificación social vinculada con el término, la casta divina parece ser una marca funcional para comunicar exclusividad y localismo entre los emprendedores meridanos.

Restaurante en Mérida. Foto: Noé Manuel Mendoza Fuente

Muy a pesar de la desenfadada ostentación de elitismo racista en sus calles, la identidad de la ciudad es permeada y definida por la cultura Maya.

Los venerados platillos yucatecos sin duda fungen como néctar y polen que captan el afán degustativo de los masivos enjambres de turistas provenientes de lejanas latitudes. Los manjares de los restaurantes de comida tradicional en Mérida provienen de la Milpa y huertos en donde se cultiva el maíz, calabazas, frijoles, chiles y un amplio universo de sabores.

Milpa Maya en una comunidad de la Península. Foto: Noé Manuel Mendoza Fuente

Los emprendedores yucatecos aprovechan al máximo el atractivo que para el turista nacional y extranjero significa el exotismo de lo indígena y el posicionamiento comercial de lo Maya.  Una clásica estrategia implementada por restaurantes de comida típica consiste en situar dentro del área de los comensales a mujeres elaborando tortillas a mano, asemejando a una k’óoben o cocina Maya. Estas tortillas tienen un sabor y consistencia muy superior al de las elaboradas bajo métodos automatizados. El objetivo es ofrecer al turista la sensación de estar inmerso en un contexto auténticamente tradicional a través de una rica experiencia multisensorial de lo Maya.

Aproximación a una cocina Maya en un restaurante meridano. Foto: Noé Manuel Mendoza Fuente

Resistencia indígena

Las añejas tensiones se transforman y son trasladadas a nuevas arenas de disputa en el contexto de la globalización.

En los últimos meses el actual gobierno federal mexicano ha avanzado con tesón en sus planes para construir un Tren “Maya” que pretende reordenar el uso de suelo de la Península y conectar al exitoso nodo turístico del Caribe Mexicano con Mérida y otros destinos turísticos del sureste de México.

Los grandes empresarios yucatecos ya comienzan a rearticularse y proyectar nuevos negocios ante la expectativa de un incremento sustancial del flujo de turistas y la reducción de los costos en el traslado de mercancías a través del ansiado tren.

En las zonas rurales el gobierno federal está renovando sus promesas de justicia social. Bajo la forma de “consultas indígenas” se ofrece proveer servicios públicos añejamente ausentes en la región, a cambio de permitir que el tren atraviese territorios comunales y se modifique el uso de suelo para promover el arribo de nuevas inversiones privadas. La intervención gubernamental ha sido efectiva en tanto ha logrado volcar una parte mayoritaria de la opinión pública en favor del tren. Sin embargo, pequeños grupos de resistencia indígena han obtenido victorias legales que amenazan la realización del ambicioso proyecto.

Aunque las calles de Mérida tratan de eclipsarla, una vigorosa memoria de emancipación y rebeldía aguarda en rincones y periferias.

Delegados de Yucatán exponen los motivos de su oposición al “Tren Maya” en un foro del Congreso Nacional Indígena. Foto: Noé Manuel Mendoza Fuente

[1] La Guerra entre México y los EEUU se libró en territorio mexicano entre 1846-48 en consonancia con el proyecto norteamericano de expansión territorial. Como resultado del enfrentamiento bélico los EEUU lograron la anexión de un área continental que abarca a los actuales Estados de California, Nevada, Colorado, Utah, Nuevo México y parte de Wyoming.

Av Noé Manuel Mendoza Fuente
Publisert 4. juni 2020 11:30 - Sist endret 27. juli 2020 14:54
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